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Cacerolazo modelo 2013, por Norma Giarracca

En este 18-A recorrimos distintos lugares de la ciudad de Buenos Aires y registramos las provincias a partir de materiales de terceros. Habíamos estado entrevistando el 13 de septiembre y luego tomamos el 8 de noviembre de 2012 con entrevistas y una pequeña encuesta y logramos analizarlo en muchas de sus aristas. 
 
El interrogante que proponemos aquí es cuáles son las particularidades de estas marchas otoñales. Empecemos por las semejanzas, que son muchas.

Las imágenes de las grandes mareas humanas por las calles de Buenos Aires, la composición social estimada y los rangos de edades no diferían demasiado de las anteriores ni en la ciudad ni en Ramos Mejía (provincia de Buenos Aires) o en Tucumán. En la manifestación del jueves pasado observamos muchos jóvenes con uniforme de colegios privados, grupos de jóvenes amigas y mucha gente mayor. Había menos exasperación, menos violencia verbal y todos se prestaron cordialmente a las preguntas que solemos hacerles en estas circunstancias. Había mejor predisposición aún cuando pequeños grupos repitieron las agresiones a periodistas y hubo una situación de violencia en el Congreso.

Las condiciones de contorno fueron casi las mismas, los llamados desde los blogs, Facebook, diarios nacionales (Clarín y La Nación); grupos como El Cipayo, Movimiento de Argentinos Indignados, Yo soy antik, Argentina ContraK, etc., Luciano Bugallo y ahora Patricia Bullrich, sin tapujos, adjudicándose la coordinación.

Nuevamente, las organizaciones que luchan y resisten por cosas mucho más concretas e importantes no asistieron; las asambleas territoriales volvieron a enunciar “Estas no son nuestras broncas”, mientras un importante grupo de organizaciones de base urbana y rural enunció “No te vi cacerolear por mí” (ver Página/12, 19 de abril) y muchos otros grupos muy críticos de muchas políticas del Gobierno se manifestaron en el mismo sentido en las redes sociales.

Las diferencias en este modelo 2013 fueron pocas pero significativas para la política institucional: encontramos en la ciudad de Buenos Aires mayor concentración de los votantes, en las presidenciales de 2011, de Elisa Carrió y de Hermes Binner (combinado con Macri en la ciudad) que la que había aparecido en el 8N. Casi desaparecieron las demandas económicas, muy presentes en septiembre (“cepo al dólar”), mermadas pero aún con importancia en noviembre (“inflación”). Pero sin duda la particularidad de esta protesta en todo el país fue la convocatoria del arco político de la oposición en el nivel nacional.

Esta presencia de los políticos hizo explícito el origen de las principales demandas ya que son las que ellos, y los periodistas que los invitan día a día, expresan en todos los programas de televisión o en cuanto micrófono se les ponga delante. En esta ocasión, además, se sumaron varias consignas o imágenes en los modos discursivos del periodista Jorge Lanata (“Kristina, Lanata te manda un beso”, o la caricaturas de los gobernantes y el dinero).

El interrogante que estas presencias disparan es cómo puede compatibilizarse esta “política de calles”, aparentemente inorgánica, esporádica, que fluye (hasta en un sentido literal) sin discursos, con la lógica de las instituciones partidarias. La marcha con los “caceroleros”, por supuesto, desató tensiones. Si bien los aplaudieron, no todos antes y durante la marcha estuvieron conformes con esa presencia de los políticos opositores, que acaparaba cámaras y micrófonos, y trataban de “despegarse” unos de otros. El radical Nito Artaza, quien apoyó los reclamos pero no participó de la manifestación, planteó muy claramente esta tensión: “Yo pertenezco a un partido de poder, que puede disputarle al Gobierno las discusiones en las urnas”. El senador, cacerolero en 2002, tiene clara la diferencia entre la política de calles y la política institucional. No se confundió.

Como en el 8N, las demandas de tipo “institucional” fueron las más escuchadas y llama la atención el fuerte y sentido reclamo por recuperar/tener/construir/que no nos roben “la república”. Pareciera que este difuso concepto lo enfrentan a las democracias “populistas” que incluirían también al “chavismo”, a la Bolivia de Evo Morales y otros gobiernos latinoamericanos. (Llamó la atención un grupo de venezolanos contrarios a su gobierno en la marcha.) No obstante, enunciaban también demandas concretas como corrupción, debates serios en el Congreso (sobre todo el de reforma de la Justicia), inseguridad, concentración de poder, etcétera.

Un último interrogante que podemos formular es si este descontento se traducirá en votos a quienes los acompañaron en la calle y facilitaron las consignas. No podríamos afirmarlo ya que los entrevistados respondían fluidamente hasta la pregunta acerca de su posible voto legislativo de octubre, allí había un silencio y gestos de “qué se yo”. Es decir, la promesa de la imaginada “república” impoluta, o posicionarse en las calles periódicamente con esta franja de la población, no garantizaría per se la conducta electoral de los “caceroleros” que, como todo fenómeno esporádico y heterogéneo, constituye un “nosotros” bastante precario, sin orientación partidaria o tal vez insatisfecho con todos.

Norma Giarracca
Socióloga, Instituto Gino Germani - UBA

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